Soy curiosa. Tímida, pero charlatana si me das pie. Me encanta, pero me encanta, tener alguien con quien hablar y hablar y hablar de cualquier cosa. Ojo, que eso no implica que hable siempre yo. Adoro escuchar. Sobre todo a la gente que se enrolla. Especialmente si se han fumado algo. ¿Alguna vez habéis tenido el placer de sentaros a escuchar las divagaciones de un porreta? Es una pasada. Nada de gilipolleces, no te creas.
Puedo ser una sosa o una pesada, depende de quién seas. Si me miras con buenos ojos puedo hasta ser un hamor.
Perdonadme, hoy estoy escribiendo deprisa. Sólo quiero desasirme de unas cuantas palabras ahora que la euforia ha destapado el frasco donde guardaba mi verborrea. Sí, eufórica yo. Es un estado que me resultaba ajeno desde mucho tiempo atrás hasta hace bien poco. Pero paseando por las Ramblas, tomando algo al sol y fumando con mi prima en la habitación he descubierto que sólo hay que dejarse llevar por quien te quiere para disfrutar a base de bien. Y cuando terminó el viaje y volvimos a Cantabria, a la lluvia, al frío, el viento y la humedad, dio igual, porque me di cuenta de que ella seguía aquí, y que yo había sido una tonta por no confiar primero. Y así, comiéndome el tarro una noche cualquiera, decidí que estoy aburrida de aburrirme, que necesito volver a permitir que mis pies no toquen el suelo, volver a reír en medio de la calle a todo pulmón. Dejar que me bañen los escasos rayos de sol, estando con ella y sus amigos, que yo nunca los conocí iguales; a mí nunca se me acerca la gente divertida.
Tal vez la chica llorosa que escribía y escribía en su cuaderno se esfumó. A lo mejor se acabaron las noches a las que seguían madrugadas de aprenderme los dibujos que crean las vetas de la madera de mi techo.
Con un poco de suerte, se acerca mi tiempo.
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