Aprieto fuerte las piernas y los dientes. Me da miedo cómo conduces, pero no te lo tomes como algo personal. Supongo que te das cuenta, porque alargas la mano hacia la guantera y me lanzas la cajetilla de tabaco. Temblando saco un cigarrillo, y cuando lo tengo asido entre mis dedos, mi rigidez desaparece. Busco en el bolsillo mi mechero mientras tú bajas la ventanilla, sonriente. Lo enciendo y calo profundo. Los nervios se diluyen; abro los ojos. El velocímetro marca ciento cincuenta y el coche, con su movimiento sinuoso, adelanta a unos y otros sin parar. Ya me acompaña el valor como para moverme y poner el CD que te grabé. Al oírse los primeros acordes de "Take Me Home, Country Roads", giras las rueda del volumen hasta un nivel casi ensordecedor que ahoga mis risas. WEEEEST VIRGINIAAAA, MOUNTAIN MOMMAAAAA, berreo. Ríes tú también. Aprietas más el acelerador. Ciento sesenta. Ciento setenta. Grito como lo haría en la montaña rusa. Ciento ochenta. Me desabrocho el cinturón y, agarrada a ese asa del techo, saco medio cuerpo y me siento en la ventanilla. COUNTRY ROAAAADS, TAKE ME HOOOOME, TO THE PLAAAAACE I BELOOOONG. El viento se lleva mi cigarrillo y tengo que entrar a por otro. Te beso en la mejilla y me lo enciendo. Vuelvo a mi asiento, bajo la música y desaceleras. Nos calmamos.
—Tú eres el lugar al que pertenezco —casi susurras.
—Sean pues estas carreteras las que nos lleven y nos traigan durante muchos muchos años, el uno junto al otro —sentencio.
Y nos miramos un instante.
Casi por última vez.