Ocurre lo mismo que cuando tienes tres años y sin querer rompes el jarrón de porcelana de mamá, al tropezar con el mueblecito de la entrada.
Se balancea, pero estás congelado en el sitio y no lo detienes. Pierde el equilibrio y se precipita. Aceptas tu destino.
Se acerca al suelo a cámara lenta, pero estalla en pedacitos en la fracción de un segundo.
Eso ocurre con el amor.
Ya sólo puede barrerse y tirarse, porque si intentas repararlo, por muy bueno que sea el pegamento, siempre quedarán las rencorosas brechas para recordarte que no fuiste todo lo bueno que se esperaba de ti.