Seis de la mañana. El despertador del teléfono cumple su función y, con el volumen aumentando poco a poco, Master of Puppets inunda la estancia. Nos revolvemos en la cama, saliendo del sopor. Me percato de que tus brazos han estado rodeándome toda la noche. Ninguno de los dos llevamos muy bien los despertares, así que en lugar de palabras cruzamos gruñidos y algún que otro beso castamente depositado sobre la piel del otro. Me levanto enseguida y me empiezo a vestir, aunque tú prefieres seguir en el angosto colchón un poco más. Arrastro los pies hasta que dejan atrás el parqué y topan con azulejos fríos. En el baño me enjuago la cara, y al terminar apenas puedo reconocer mis ojos, con ese brillo que deja en ellos el despertarme contigo. No tardo más de cinco minutos en arreglarme un poco, y vuelvo a las penumbras de la habitación con energías renovadas. Descorro las cortinas. Dios, no hay Sol tan temprano. Enciendo la luz. Eso sí parece molestarte, así que me lanzo sobre la cama y comienzo a cubrirte el cuello de besos. "Buenos días, cariño. Hay que ir a clase." Te quejas, pero no mucho. Me calzo y voy a la cocina a hacer café. No encuentro el tostador, así que hoy tocan galletas. En seguida sales del dormitorio, rascándote la parte posterior de la cabeza, tan sexy. Disfrutas de la bebida caliente mientras preparo los libros, y comentamos el asco de horario. Termino, me giro, y tienes la cabeza hundida en las manos, aún cansado. Te las retiro y no puedes evitar contagiarte de mi sonrisa. Te beso, te provoco, y corro de vuelta al suelo embaldosado para lavarme los dientes. Acudes detrás, juguetón, y me das un azote. Me siento sobre el lavabo y, jo, qué raros son los besos con pasta de dientes. Nos reímos y me ayudas a bajar. Nuestros reflejos nos miran, cómplices. Conforme pasan los minutos los rastros de sueño se esfuman, la cafeína hace su trabajo. Corro, brinco y canto por el piso, obligándote a participar en mi juego matutino, claro devoto de la filosofía de Mary Poppins sobre recoger las cosas "con un poco de azúcar". Las siete cuarenta y cinco. Salimos, abrigados a conciencia, y nos recibe el vaho de nuestra respiración. Nos subimos al coche, que siempre me ha recordado a un león viejo con ese sonido al arrancar.
¿Quién quiere cinturones?
Pasamos por la misma curva de siempre, la que bordea el terraplén. Nos miramos, y pienso en Bonnie and Clyde. Es un sentimiento complicado de explicar. Esa necesidad de que sea eterno. De vivir juntos y morir juntos. Y los dos lo sabemos, simultaneamente. Así que das un volantazo, y lo destrozamos todo. El vallado, el coche, y nuestros huesos. Rodamos y rodamos, y sólo sé que al llegar abajo todo comienza a desdibujarse, no sin que antes sea consciente de cómo tu mano ha rodeado la mía durante las seis vueltas de campana.
Momentos vividos o no.
ResponderEliminarSigue escribiendo. Merece la pena.
Además lo haces bien, es barato, entrenas las neuronas, y sobre todo le puede servir a alguien que tu no conoces.
Salud