jueves, 29 de diciembre de 2011

Elegir.

Desde que nacemos nos obligan a elegir. Blanco o negro, playa o montaña, lo tomas o lo dejas, estás con ellos o con nosotros... A mí nunca se me ha dado bien elegir, ni siquiera las cosas más sencillas.

Me levanto por la mañana y la primera decisión del día es de qué color voy a ponerme los calcetines. Los tengo de todos los colores: rojos, naranjas, amarillos -dos pares-, verdes oscuros, verdes claros, azules, rosas, morados, marrones oscuros, marrones claros, blancos... Y luego están los morados y los grises de calaveras; los azules y los rosas de cuadros; los verdes, los rojos y los morados de rayas... Suelo pasar unos cinco minutos ante el cajón para decidir cuales ponerme, así que imaginad cuánto tiempo me quedo sentada frente al armario para decidir las camisetas que me voy a poner.

Hay otra clase de elecciones, más sencillas aún, como qué te gusta, ¿los hombres o las mujeres? JÁ. ¿Qué pasa si te digo que tampoco soy capaz de decidirme? Me gustan ambos. Me da lo mismo estar con una persona del sexo femenino que del masculino, siempre y cuando sea eso, ante todo una persona. Y no me refiero sólo a persona como individuo de la raza humana, no, sino a alguien que se merezca ser denominado como tal. [Que, por cierto, qué palabra tan bonita, ¿no? Persona... per-sona... 'per', que es 'para' en italiano, y 'sona', que significa 'final' en turco...] Pues la sociedad no suele tomarse demasiado bien tales indecisiones, está incómoda con ellas, porque no saben a qué atenerse.

Llevo mucho tiempo aguantando tonterías de gente que no me entiende, ni a mí ni por qué a veces llevo un calcetín de cada color. Pero no me importa. Tomaré las decisiones que quiera cuando crea necesario, y al menos así estaré segura de que me equivoqué yo, a mi manera.


Sólo ha habido una elección -que sea capaz de recordar- que no me haya costado tomar. Hablarle por primera vez. Ni siquiera recuerdo qué le dije, dónde o cuando, pero lo hice al fin y al cabo. Vencí mi timidez, sonreí y me acerqué a él. Y tras eso, no es que todo haya venido rodado, pero el caso es que he llegado hasta aquí, hasta donde estoy -estamos- ahora. Lo que significa que no me equivoqué aquél día, que tomé la decisión acertada, por mí misma.

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