Llegaste y fuiste la chispa que me hizo arder cuando me sentía como hierba seca, el alcohol fue nuestro bidón de gasolina y bailamos toda la noche. Amanecía cuando dijiste "te acerco a casa" y yo te contesté "a la mía no". Ni siquiera acertabas a abrir el coche, así que empezamos a caminar, apoyados el uno en el otro, riéndonos. Me hablabas de filosofía, me decías que tú eras de los que veían las cosas tal y como eran, y que yo era una de esas chicas que miran directamente al Sol. Sonabas tan bien que tenía miedo de creerte. Al final llegamos a la puerta de tu piso, mucho más serenos, entramos a oscuras y pasamos hasta el dormitorio, donde te pedí que me hicieras un tour por tus tatuajes. Y así quedó la cosa, con mis dedos acariciando la tinta de tu piel y los tuyos enredándose en mis rizos. No aguantamos más.
Recuerdo cómo apareciste después en la cocina, rascándote la cabeza y bostezando. "Perdona por tomarme tantas libertades" dije revolviendo unos macarrones en agua hirviendo "pero tenía hambre y pensé que tú no tardarías en tenerla también". Sonreíste, te estiraste y sólo dijiste "voy a hacerte la mejor salsa que hayas probado, ya lo verás". Pusimos la radio y bailamos entre los fogones al son de viejas baladas americanas, con la luz entrando a través de las cortinas blancas y el olor de la comida italiana impregnando la casa.
Estaban reponiendo Pulp Fiction en Paramount Channel. Tu brazo sobre mis hombros me mantenía apoyada sobre tu pecho mientras te soltaba todos los datos curiosos que recordaba sobre la película, acompañados de mis opiniones personales. "Oye..." me interrumpiste en un momento que paré a tomar aliento "¿Por qué no te quedas?" "¿Qué, esta noche?" "Sí, bueno, esta noche no está mal para empezar".
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